¿CONSPIRACIONES DE LA IGLESIA?

, el 10.06.14 a las 4:52 PM
Tomado de infocatolica.com


Albino


¿Sabías que existe un grupo secreto, con recursos económicos prácticamente ilimitados, que ha existido hace mucho tiempo, capaz de “activar” a sus miembros en cualquier estamento de la sociedad como autómatas, y que puede de manipular los eventos históricos y sociales para sus fines siniestros? No, yo tampoco.

Sin embargo, precisamente esa es la premisa no solo de incontables obras de ficción, en la literatura, la TV y el cine, sino también de un numeroso y constante flujo de teorías conspirativas que se propagan en la red. Y cuando se trata de religión ese “grupo secreto” invariablemente es la Iglesia Católica.

¿Cómo un carpintero judío fundó una religión mundial? La Iglesia lo inventó ¿Cómo es que Jesús no dijo nada sobre reencarnación, vegetarianismo, supremacía racial? La Iglesia censuró los evangelios ¿Cómo se explica que fuera soltero? La Iglesia suprimió a su esposa y su hijo de la historia ¿Cómo es que nadie escuchó de Sola Scriptura antes de Lutero? La Iglesia persiguió a los “verdaderos cristianos” ¿Cómo es que no se aprueba la ley X? La Iglesia manipula a los políticos. Ya ni siquiera es interesante.

Quien conozca una parroquia católica se reirá bastante con estas tonterías, y no sorprende que algunos autores vendan tales teorías al público, siempre ansioso de enterarse de las grandes conspiraciones de la historia.

Pero lo que me pregunto es: antes de lanzar esta teoría ¿alguien se a parado a pensar si esto es siquiera posible? ¿o es que nos resulta tan evidente que no requiere mayor explicación?

A veces se atribuye a la Iglesia el haber inventado la figura de Cristo, que tal vez usó a un predicador judío sin mayor importancia, para poner en su boca todo tipo de fábulas y anacronismos, y que todo comenzó con San Pablo, que puede haber sido un conspirador solitario o un esquizofréncio. Esta teoría es bastante antigua ya, y ha sido repetida muchas veces pero no ha encontrado mayor aporte en evidencias y por eso ha quedado relegada a libros de corte esotérico.

En su favor, debemos admitir, primero, que se alimenta de la ignorancia de los cristianos acerca de la realidad histórica de Judea en el S. I, por cuanto efectivamente se cree que Jesús era único en su mesianismo, cuando en realidad existen datos acerca de numerosos pretendientes a mesías en ese siglo. Por otro lado, esta teoría se ajusta más a la visión protestante, basada en que la Biblia estuvo disponible para todas las comunidades cristianas tempranas, porque en ese caso la labor de nuestro solitario conspirador sería sencilla: le bastaba recopilar sus cartas, adosarlas a algunos textos reconocidos por los seguidores de Jesús, y convencerlos que eso era todo lo que había saber al respecto.

La historia, sin embargo, nos entrega una imagen totalmente diferente. Ya hemos visto que la Biblia no se presentó en un solo tomo hasta que los cristianos dejaron de ser perseguidos por el Imperio Romano, y que para los primeros cristianos la vida de la comunidad era más importante que un texto para conocer su fe.

Para que un conspirador en el S. I inventara un mesías usando los libros que se leían en una secta, primero tendría que haber previsto que llegaría a convertirse en una religión mundial, y luego determinar cuáles libros de los que circulaban en las comunidades cristianas en el año 50 serían reconocidos como Palabra de Dios, 300 años después. Es un grave error evaluar esta posibilidad con el conocimiento que tenemos de la dirección que tomó la historia, y si lo vemos desde el punto de vista de alguien como San Pablo en el S.I, la verdad es que todo este plan no tiene ningún sentido.

Pero no solo la teoría de la conspiración carece de pruebas en su favor, también tiene pruebas en contra. Nuevamente, si todo lo que sabemos de Cristo lo supiéramos a través del Nuevo Testamento, sería más fácil, pero tambiéncontamos con una abundante literatura producida por los discípulos directos de los apóstoles, ninguno de los cuales cita a San Pablo u otra fuente misteriosa como el origen de su conocimiento sobre la persona de Cristo.

Por ejemplo, tenemos a San Clemente, tercer Papa y autor de una carta a los Corintios, de quien Ireneo de Lyonseñala :

De este hombre, puesto que había visto a los benditos apóstoles y había conversado con ellos, puede decirse que tenía la predicación de los apóstoles todavía haciendo eco [en sus oídos] y sus tradiciones ante su ojos. Y tampoco estaba solo [en esto], pues había muchos que permanecían y habían recibido instrucción de los apóstoles.

También tenemos a Policarpo de Esmirna, que fue consagrado obispo de esa ciudad de Asia Menor por el apóstol Juan, y respecto a Jesús enseñaba acerca de su encarnación y muerte en la cruz con estas palabras:

Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás

No podemos dejar de mencionar, por su contenido evidentemente católico, las cartas de San Ignacio de Antioquía, que también aprendió del apóstol Juan, y donde ya encontramos los temas más polémicos del cristianismo, como el nacimiento virginal de NSJC, la importancia de la eucaristía y la posición jerárquica del obispo en la comunidad. Otros documentos cristianos antiguos se han recuperado recientemente, como la Didaché , y ninguno apoya la posibilidad de una intervención posterior sobre las doctrinas de los seguidores de Jesús.

En definitiva, solo ignorar la historia puede justificar el sostener una teoría de la conspiración respecto a la figura de Cristo, o que fue manipulada por un sujeto, como a veces se acusa a San Pablo, que ni siquiera figuraba entre los primeros apóstoles.

La segunda “operación” que se suele endilgar a la Iglesia es la de haber alterado los textos de los evangelios para favorecer alguna doctrina por sobre otra, o haber eliminado o ignorado ciertos textos que no resultaban convenientes. Sin embargo, como decíamos al inicio, eso supone que exista un grupo poderoso, secreto, con recursos económicos y con la capacidad de organizarse a gran escala, pero la Iglesia primitiva no contaba con ninguno de esos atributos.

En efecto, el sociólogo Rodney Stark ha calculado que incluso en el mejor de los casos (5000 conversos en Pentecostés, un generoso de 40% de crecimiento cada 10 años, y sin contar los efectos de las persecuciones) el número de bautizados apenas superaría los 100.000 a mediados del S. II, un número despreciable dentro de la cosmopolita comunidad del Imperio Romano (Stark sitúa el número de los judíos de la diáspora en esa época en 5 a 6 millones), a lo que habría que sumar las dificultades de comunicación propia de la época. Peor aún, la gran mayoría de los cristianos de esta época provenían de las clases bajas de la sociedad imperial, esclavos y mujeres, y la mayoría de sus líderes morían a manos de sus perseguidores, de modo que una operación a gran escala social estaba completamente fuera de su alcance.

Recién con Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino, se puede decir que el cristianismo llegó a contar con el poder que tradicionalmente se asocia a la oscura imagen de una Iglesia capaz de manipular eventos a gran escala. 

Esta leyenda también se nutre de la importancia que se suele a Constantino en la historia de la Iglesia, ya que, según esta visión, el emperador se apoderó de los obispos de la Iglesia primitiva, haciendo del cristianismo la religión del imperio, para ponerlos bajo el control del Estado.

Es cierto que este emperador promulgó el edicto de Milán, en 313, que puso fin a las persecuciones contra los cristianos, pero sus efectos fueron extremadamente limitados, pues el emperador Juliano reanudo esta práctica en 361. Luego del edicto, Constantino favoreció a los cristianos, pero también siguió sacrificando a los dioses paganos, parte de sus labores como Pontifex Maximus que correspondía a los emperadores, y los reportes acerca de un bautismo en su lecho de muerte (en 337) han sido cuestionados.

Recién con Teodosio el cristianismo llegó a convertirse en religión del estado romano, y fueron prohibidos los cultos paganos, mediante el edicto de Tesalónica en 380.

¿Puede que en este momento la Iglesia Católica haya dado inicio a su carrera en el lucrativo campo de las conspiraciones? Es posible pero poco probable.Apenas 30 años después, en 410, los visigodos saquean la ciudad de Roma por primera vez en 800 años, en un evento que suele marcar la caída del Imperio Romano de occidente, que ya venía en franca decadencia hace tiempo, así que el Papa, antes de comenzar sus planes de dominar el mundo, tenía que ocuparse que no arrasaran sus iglesias.

¿Y después? A partir de ese punto, efectivamente la Iglesia Católica comenzó a ganar rápidamente poder y a consolidar su posición entre los Estados que comenzaron a formarse luego de la caída del imperio romano de occidente, pero en todo caso ya sería demasiado tarde para que esas presuntas conspiraciones tuvieran un efecto importante en la religión, porque el cristianismo estaba esparcido por todo el mediterráneo, con innumerables copias de los libros del Nuevo Testamento, y con facciones dispuestas a disputar diferencias por una iota. Simplemente es imposible que una conspiración para hacer un cambio en la doctrina cristiana pasara desapercibida a la historia.

En conclusión, la Iglesia primitiva no era una organización todopoderosa, llena de clones, albinos asesinos y habilidosos cardenales que pueden reclutar a tus hijos en cualquier momento. La Iglesia moderna, en cambio cuenta entre sus agentes a profesores de religión, algunos teólogos despistados, y señoras muy colaboradoras, que responden al código Rafaela.

Por eso, si alguien quiere decir que la Iglesia está o estuvo dedicada al negocio de las conspiraciones, más vale que aporte sus pruebas, que lo otro de lanzarlo así como así, es de flojos.




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